Abrió la puerta de uno de los muebles bajos de la cocina, allí en la repisa superior se encontraba su alacena. A pesar de no ser un gran espacio, era suficiente para contener los botes de anchoas, caballa, mejillones, garbanzos y demás conservas que formaban parte de su alimentación.
Seleccionó los ingredientes para elaborar crema de calabaza al curry. Había confeccionado con mimo su recetario, para ello recopiló recetas de libros y de canales digitales. Pero ni una fuente ni otra había sido convencional, los libros mezclaban recetas, viajes, vivencias y experiencias, mientras que el contenido digital intercalaba la elaboración de platos con la vida en la campiña inglesa.
Como era su costumbre, antes de cocinar, puso la mesa. Eligió un mantel blanco, bordado con flores, sus manchas amarillentas, imposibles de eliminar, delataban sus muchos años y los muchos almuerzos y conversaciones compartidos. Las servilletas de lino, la vajilla blanca de filo dorado, las copas de cristal y la cubertería de procedencia modesta completaban la escena.
Se acercó hasta el aparador donde descansaba el aparato de música y seleccionó una recopilación de bossa nova. Ya en la cocina, con la bella voz de la cantante de fondo, se afanó en elaborar la crema.
Reunió todos los ingredientes: la calabaza, las zanahorias, la cebolla, la leche de coco, el curry y el jengibre en polvo. Puso la calabaza y la zanahoria a hervir juntas mientras pochaba la cebolla en una sartén con un chorrito de aceite. Luego junto las verduras y las batió junto con la leche de coco. Añadió una cucharada de curry, una cucharadita de jengibre y sal al gusto. Siguió batiendo hasta que obtuvo una crema homogénea.
Para finalizar, cortó un par de hojas de menta. Tres macetas conformaban su minúsculo huerto: menta, albahaca y cilantro. No había espacio para más, pero aquellas plantas no solo otorgaban sabor a sus platos, también aportaban color y frescor a su cocina.
Aunque no era frecuente, aquel día decidió agasajarse a ella y a su pareja con una copita de vino. Su bodega, aunque pequeña, había sido seleccionada con esmero, cada botella escogida en algún viaje o visita a viñedo para ser disfrutada más tarde en casa y traer a la memoria el recuerdo de momentos inolvidables.

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