Desayuno de un sábado cualquiera

La luz del alba se coló por la rendija de la persiana. A pesar del antifaz de seda que llevaba, sus ojos detectaron el tenue cambio de claridad. El dormitorio se deshizo paulatinamente de la oscuridad que lo envolvía y se vistió con los colores cálidos del amanecer. Era sábado, pero aun así se levantó de la cama. Abajo, la ciudad apenas salía de su adormecimiento, algún transeúnte, algún bar abierto; sin embargo, las persianas del vecindario permanecían en su mayoría cerradas, protegiendo el sueño de quienes descansaban tras las fachadas.

Sobre la mesilla, un bote de crema de manos, uno que ella misma creaba y aromatizaba con sus aceites esenciales favoritos, tenía un olor único, muy suyo. Qué bien huele, le comentaban con frecuencia. Junto a la crema descansaba la novela con la que se acostó la noche anterior, logró leer veinte páginas antes de que Morfeo se apoderara de ella, peleó duramente, pero perdió la batalla y cayó en un profundo sueño sin saber si Hazel y Noah resolvían el misterio en que se encontraban envueltos.

De camino a la cocina se paró a contemplar el ramo de narcisos, tulipanes y ranúnculos en tonos rosas que había comprado en la floristería del barrio, un pequeño lujo que se permitía de vez en cuando. A diferencia de las flores, el cruasán de almendras era un deleite semanal, su desayuno gozoso.

Sobre una bandeja colocó el pequeño festín en que convertía el primer almuerzo de los sábados, una infusión especial, un tazón de yogurt con muesli, un zumo de zanahoria y el cruasán. El chal que se echó sobre los hombros la arropó con suavidad y con la bandeja rebosante salió al balcón para presenciar el despertar de la ciudad.

Foto de Priscilla Du Preez en Unsplash


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