Bienvenida a casa

La casa la abrazó nada más entrar por la puerta. La alfombra persa suavizó su pisada. Los muebles que tantas historias habían vivido con otras gentes y en otras casas se habían acomodado en su pequeño apartamento. Los cajones que en otra hora atesorasen objetos personales de personajes que ella nunca llegó a conocer ahora guardaban sus recuerdos y enseres.

Se acercó al viejo tocadiscos e hizo sonar un álbum de Frank Sinatra, sentía cierta antipatía por él, pero no podía negar la melodía de su voz. Cerró los ojos por un instante y se dejó llevar por la música, balanceándose suavemente de un lado a otro.

De entre la variedad de aceites esenciales que guardaba se decidió por el de vainilla. Todo un clásico. Vertió unas gotas en el difusor y el dulce aroma inundó la estancia.

Ya en el dormitorio se cambió de ropa. Atrás quedaron las prendas encorsetadas que se veía obligada a llevar en el trabajo, se envolvió con un jersey dos veces su talla, cogió la novela de misterio que descansaba sobre la mesilla y se dirigió a la cocina.

La tetera que ahora calentaba el agua había sido un obsequio inesperado. Para el té eligió la única taza de Wedgwood que poseía, regalada por su marido en un arrebato en el aeropuerto Heathrow en Londres. De la nevera sacó un bombón de chocolate y café. Su favorito.

El sofá repleto de cojines la acunó cuando se dejó caer sobre él. La manta con la que se cubrió era de un tejido exquisito. La casa de los materiales nobles comentaban sus amigas, de esos que te acarician la piel, que son gustosos al tacto y a la vista.

La lluvia de afuera acompañó la voz de Sinatra mientras ella se perdía entre las páginas del libro.

Foto de Büşra TÜRK en Unsplash


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