El escritorio

Situó el escritorio frente a la ventana. Recordaba que Carrie Bradshaw también había optado por esta orientación en Sexo en Nueva York. Las razones para colocar la mesa en aquella posición poco tenían que ver con la serie de la que fue fan tantos años atrás. Su motivo era puramente visual, se había cansado de mirar la pared, así al menos, observaría la copa de los árboles que poblaban su calle; decenas de moreras que a finales de primavera daban sus frutos blancos. Era entonces, cuando arropada por la oscuridad de la noche, bajaba a deleitarse con su dulzura.

Las moras la llevaban de vuelta a su niñez, cuando su padre la aupaba para que pudiera disfrutar de aquel manjar. También la llevaban de vuelta a Francia, a un viaje por la Provenza, donde ella y el señor X equivocaron el rumbo y acabaron en un pequeño pueblo cuya plaza albergaba una morera descomunal, la más grande que jamás hubiese visto. 

Satisfecha con la nueva disposición, decidió continuar y llenó de plantas el alfeizar de la ventana, también colocó un jarrón con flores sobre su escritorio. El jarrón lo había comprado en una tienda de antigüedades en Portugal, en un pueblo del que solo recordaba su proximidad a la frontera.

Junto a este, su crema de manos, una vela de soja, una pila de revistas antiguas, una estilográfica, un cuaderno y dos fotografías, una del gato, el que los adoptó cuando vivían en un pueblo de la sierra y la otra, ella y el señor X de espaldas a la cámara, cogidos por la cintura sobre la cubierta de un barco contemplando la fauna africana, una foto robada por una amiga que reveló en blanco y negro.  

Sonrió, aquellos cambios no solo la permitían ver más allá de su ventana, la trasportaban a lugares y aventuras pasadas.


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